taller – Y nada quedó en su lugar

Y nada quedó en su lugar

Nicole es una oronda figura femenina de –quién sabe- algo menos de unos 200 kilos, que se mueve con impostada gracilidad -cual mariposa de flor en flor- en sus reducidos y milimetrados dominios. Alta, ancha y mullidamente rellena. Nicole es la reina y señora de su pequeño mundo: una antigua almazara a espaldas de un viejo castillo que en otro tiempo debió de ser próspero y respetado, ahora en ruinas. Nicole adquirió el viejo molino de aceite –no vamos a preguntar cómo, aunque si insistís en saberlo os diré que Nicole no compró el viejo molino buscando en la v de viejo de una revista de compraventa inmobiliaria, tampoco buscó en la m de molino, ni en el apartado de rarezas; el cómo adquirió la propiedad del viejo molino tiene más que ver con cómo adquirió también al que hoy es su marido, cosa que contaré más adelante-; decía que Nicole se apropió del viejo molino de aceite y lo restauró con ilusión y frescura, con bastante tino para ser una bruja desquiciada. Quizás entonces no era desquiciada, y sólo estaba en el camino de serlo. O quizás el desquicio en las brujas las hace parecer atinadas a nuestros ojos de humanos ordinarios.

Nicole tiene, inconscientes prisioneros de su maléfico influjo, un marido estrábico de extraño proceder, y dos elfos adolescentes de esbelta figura pero de chocante voz adulta -por su timbre, por su ritmo, por su falta de accesos de risa incontenida- que aparecieron en la casa mucho más tarde que el marido y de los que desconozco cómo ni de dónde salieron, pero que debieron ser caprichos de juventud que no quisieron corresponderla debidamente y que ella guarda encerrados bajo la apariencia de hijo uno de ellos –el más delgado y de maneras más elegantes- y de sobrino el segundo –más altanero y de aspecto algo rebelde, aunque inofensivo-.

Resulta curioso observar al marido, pues es el más preciso reverso al carácter extrovertido de la bruja Nicole. Toda la expansión de excesiva alegría y de movimiento y coqueteo de ella se convierte en él en extraña apatía, falta de energía, cabizbajez… Pero no diría tristeza, es más bien perplejidad lo que transmite. Se pasa el día entero en el jardín, sentado en una silla de tijera a la sombra de un olivo, las piernas cruzadas, mirada al infinito como buscando la respuesta a una pregunta que no acierta a formular. Cuando, en medio de su trajín, ella se sienta a su lado a reposar unos minutos, él no se altera, como mucho le muestra una leve sonrisa de agradecimiento y ternura, mientras que Nicole se ensancha orgullosa por su tenencia. “Mi marido…” dice como balanceándose en estas palabras cuando se refiere a él en medio de su parloteo feliz a quien quiera oírla. De una edad indefinida, el hombre no es guapo, tampoco apuesto, para nada amable; se ve que la bruja Nicole no es en el fondo demasiado exigente, quizás de un marido cree que no debe de esperar vistosa fachada, sino ese dulce, inexpresivo e incondicional acatar.

Más inquietante es presenciar el deambular de los chicos. La primera vez que los ves piensas que son dos jóvenes adolescentes, y esperas que se porten como dos jóvenes adolescentes. Sin embargo enseguida aprecias que son dos adultos eternos, encerrados en un bucle de pequeña vida. Han aceptado vivir en su ingravidez y se entretienen tejiendo largas y pausadas conversaciones murmuradas en una lengua extraña, mientras ejecutan pequeños quehaceres que les encarga la bruja: regar el cuidado jardín –repleto de incontables macetas de plantas diversas y hierbas olorosas, arbustos y árboles cuajados de flor, enredaderas que surcan el muro que limita con la calle-, cubrir la pequeña piscina al anochecer, recoger la mesa tras el almuerzo. Y todo ello lo realizan con detalle pero con cierto desdén, sin prestar atención, absortos en los recovecos de su interminable conversar. Inquietan por su tono y por el timbre maduro de su voz saliendo por esas gargantas juveniles. Los movimientos de sus cuerpos son también llamativos: precisos y concretos, de una extrema fluidez; sin los titubeos ni las rígidas imposturas propios del desamparo de la adolescencia. Ahí sí que la bruja Nicole se ha ganado un diez, no se ha conformado con que estos dos especímenes le brinden su obediente apatía, sino que ha buscado la excelencia y los ha hecho brillantes dentro de su encierro, a pesar de ganarse con ello el despecho de los jóvenes, que la ignoran con condescendencia, lejos de la oscura adoración que le transmite su fiel “mi marido”.

Luego están los inevitables gatos negros –negros negrísimos como un par de pecas en medio de la noche- que son dueños de todos los espacios; que son dos y podrían ser seis. Pues allá donde mires no hay nada, y de súbito hay un gato negro y brillante arqueando el lomo hacia el cielo azul. Y si Nicole está regocijándose sentada al lado de su marido, un gato aparece de la nada y roza –celoso y mullido- su costado bajo la cariñosa palma de la mano de su dueña y señora, la cola negra como una flecha señalando la bizquez del marido.

La bruja Nicole pretende ser buena, en su desvarío cree ser buena. Y revolotea en sus cuidados dominios cual encantadora quinceañera, rodeada de sus seres adquiridos. Sonríe, ofrece, atiende solícita. Ajena al proceder mecánico y desconcertado de los personajes que posee, ajena a su mirada miope, a la verruga en la base de su nariz prominente, al bulto extraño y enrojecido bajo su oreja derecha, al color demasiado amarillo de su melena cortada de un tajo, a su flequillo de paja. Sonríe y sueña, ajena a la inquietante perplejidad que despierta a su paso. Sonríe y sueña con que es un hada buena en un mundo de justicia.

Ocurre que en este mismo escenario bucólico y almibarado nos encontramos también con Claire, la chica de servicio, que resulta ser un inesperado exabrupto en medio de la perversa armonía que conforman el resto de personajes. Claire es menuda y compacta, morena, despierta. A pesar de su edad madura Claire es pura energía y vive con los pies en el suelo en un mundo de seres que pululan flotando a dos palmos de la tierra. Además Claire es malcarada, vive en una perenne irritación o en un cabreo mayúsculo, aunque ella no es consciente de este hecho ni sabría explicar cómo ha llegado hasta él.

Con su rabioso y vivo malestar, Claire empieza el día muy temprano. Se encarga de sacar lustre hasta al más mínimo detalle de la morada de Nicole. Todos los santos días friega los suelos y desempolva techos, puertas y paredes; frota los cristales hasta volverlos a dejar tan transparentes como ya estaban; cada uno de los muebles y objetos de la casa son pasto de sus mopas afelpadas y trapos tragapolvos; lámparas y apliques, cuadros, radiadores… hasta los cables del televisor relucen hoy más que ayer. Mientras hace su obcecado trabajo, Claire suelta sapos y culebras por su boca de bodeguera amargada. A mediodía, mientras la inquietante y trasnochadora troupe de Nicole desayuna en el jardín, Claire se encarga de revolucionar los dormitorios: sábanas, cobertores y fundas de almohadas, todo a la colada. Sacude y da la vuelta a los colchones y airea de jadeos y ronquidos el ambiente cargado de la alcoba donde Nicole goza de su marido, noche tras noche.

Sólo hay un lugar y una tarea que están completamente vedados a la energía arrasadora de Claire: la cocina y los alimentos. Ese es el verdadero laboratorio privado donde orquesta Nicole y donde sólo se deja ayudar por los suyos. Es el marido quien tiene asignada la tarea de recolectar alimentos: ya sea en las tiendas de abastos o en el mercado del pueblo, ya sea cultivado por él mismo en el pequeño huerto junto al jardín del molino. Los chicos se encargan del cuidado de la cocina: de mantener limpio y ordenado el menaje; de poner y recoger mesa; de que las botellas en la nevera y en la alacena siempre estén llenas. Y sólo Nicole en persona prepara con terquedad y absoluta premeditación todo alimento que se ingiera en la casa, sea sólido o líquido, sea de mañana, mediodía o noche; también, de más está decirlo, todo aquello que pueda ser ingerido a media tarde.

De igual modo que Claire no tiene permiso para acceder a la cocina, Nicole -que es bruja pero no es tonta y prefiere evitar trifulcas e inconvenientes por remotos que parezcan- tampoco le permite dormir en la almazara. De ahí que Claire se haya instalado en el desvencijado castillo, de algo le ha de valer ser la –aunque desorientada- noble dueña y única heredera del mismo, como también lo fue -antes de la irrupción de Nicole en su vida- de la almazara y del –así es, se veía venir- otrora despreocupado pintor que ahora cree ser marido de la bruja. También ella prefiere dormir fuera del enrarecido ambiente de la almazara, aunque con ello no se libra de oír los terribles aullidos de placer que Nicole profiere hasta altas horas de la madrugada, mientras los chicos hibernan en su cuarto desconectados de cualquier sentido vital y los gatos en la cocina se arañan la panza y se arrancan los pelos de la pura envidia que tienen del alicaído personaje que con tanto acierto logra exaltar las terminaciones sensoriales de su desatada ama.

Como siempre, algunos personajes sufren mientras ante sus narices otros chapotean su regocijo en su charca, sin piedad ni mesura ni comedimiento.

Si pudiera discurrir con claridad, Claire pensaría en injusticia y en revolución; pensaría en libertad. Reflexiones que tanto podrían llevarla a optar por actos violentos y sanguinarios, como a optar por algo tan sencillo como despertarse una mañana más y en lugar de asearse y vestirse para volver al molino, asearse y vestirse para tomar el camino de Villadiego y, sin volver la mirada atrás bajo ningún concepto imaginable, a cada paso que diera alejarse del molino, de sus ruinosas propiedades históricas, del que fuera su tonta pasión de juventud… Caminar en el sentido opuesto a algo no tiene por qué ser huir, también puede significar renacer.

Claire se crió en París, en una amplia y cómoda vivienda de la selecta avenida Marqués de Richemont. Se sabía heredera por parte de madre de un pequeño patrimonio familiar con castillo incluido radicado en las soleadas y pausadas tierras de la Provenza, además de beneficiaria de los prósperos negocios de su padre: algo relacionado con industria metalúrgica, con bancos, con bolsa… No sabía a ciencia cierta a qué se dedicaba su padre. Claire llevaba esto de ser rica con toda la naturalidad que la distendida vida familiar le permitía; vaya, que le importaba un rábano la propiedad de las tierras y el devenir de los negocios. Estudió arte y diseño, disfrutó de las noches bohemias de París y se enamoró caprichosamente de un joven pintor cubista y algo bizco que exponía en las aceras de Montmarte, al que compró más obra de la que este era capaz de producir.

Una tarde en el taller del pintor, mientras ella posaba desnuda bajo esa estrábica y magnética mirada que obraba el milagro de convertir su cuerpo menudo y sensual en una tinaja desdoblada y entrecortada de aristas, Claire cometió la torpeza de hablarle de su vida y de su familia y de sus tenencias en el sureste. El pintor alzó la vista del lienzo, oteó la fría niebla desde el ventanuco de su buhardilla de alquiler, y en lo que tardó Claire en vestirse él tuvo todo el taller recogido y embalado, y estuvo a punto para tomar el tren de las cinco en la Gare de Lyon.

Tras algunos días de deambular por los luminosos pueblos del sur decidieron ir a tomar posesión de los viñedos de Claire. La verdad es que les costó dar con el lugar, y les costó reconocer el antiguo castillo en aquél caserón frío y destartalado que tenían ante sus ojos. Hace siglos que no viene nadie de la familia por aquí, se excusó ella. Rodearon la propiedad en un largo paseo y vieron que la vieja almazara había soportado mejor los embates del tiempo, acurrucada al abrigo del castillo, y acordaron que ese sería su punto de partida para reconstituir el antaño poderío del lugar y también del apellido familiar. De los viñedos tampoco encontraron ni una triste cepa en descomposición, es lo que tiene el paso del tiempo sumado a la desidia.

La pareja vivió unos meses en deliciosa y provenzal apatía, ni él pintaba ni ella remozaba una sola grieta para recuperar su noble lustre, y no por ello mostraban el menor signo de desazón o aburrimiento. A media tarde se acercaban al pueblo para aprovisionarse de lo que se les ocurriera que necesitaban. Luego volvían a su molino. Habían colgado un par de hamacas en el jardín, las noches eran cálidas y los días espesos; adecentaron un poco el estanque, lo llenaron con el agua del pozo y soltaron dentro unos peces de colores. Claire gustaba de pasar horas metida en el estanque, sin moverse, sintiendo el roce áspero y fugaz de los peces tocando su piel desnuda. El pintor miraba las copas de los árboles encima de su hamaca, y quién sabría decir qué veía en lugar de los miles de destellos de luz entre el oscilar de las hojas, pero de vez en cuando soltaba una carcajada corta.

Un día Claire llegó del pueblo con la noticia de que su padre había cerrado el grifo: Ni un euro más, le había dicho. No importa, le dijo él, estamos tú y yo, no necesitamos nada más.

Esa misma noche un ciclón se abatió encima de sus cabezas: llovió a mares, inundándose su alcoba por el agua que manaba entre las grietas más insospechadas; soplaron vientos de vendaval; volaron las hamacas hasta quién sabe dónde; las hojas cayeron de las copas de los árboles y se espesaron en el estanque hasta ahogar a los peces de colores; el cubo de madera que colgaba de la soga del pozo bramaba a cada golpe que se atizaba contra el brocal; las pocas contraventanas que quedaban iban y venían rodando sobre sus goznes y dejaban ver los latigazos de luz de los rayos encadenados. Una furia monumental se cernía encima de ellos y parecía que no tuviera que acabar nunca.

En medio de los fragorosos desmanes de esa noche, les pareció oír que alguien golpeaba a su puerta. Eran unos golpes rítmicos y briosos, diríase que airados. Cuando Claire –que aún mantenía la entereza que su pintor hacía rato había extraviado- se dirigía a la puerta le pareció ver pasar a través de la ventana una vieja escoba zarandeada por el viento: No va a quedar nada en su lugar, se dijo. Abrió la puerta con mucho tiento, agarrándose a ella para no salir volando, y se quedó atónita al encontrar delante de ella a una sonriente y resuelta mujer completamente empapada de agua y de viento.

Era una mujer alta, ancha y mullidamente rellena; de mediana edad, rubia oxigenada, con una verruga en la base de la nariz y un extraño bulto enrojecido debajo de la oreja derecha. Sonreía a su mala suerte de haber salido sola de viaje y de haberse topado con una noche tan desapacible, su coche se había parado de repente bajo el diluvio y luego había desaparecido succionado por un remolino gigante, o algo así dijo mientras entraba sin pedir permiso en el recibidor, y chorreando mares se asomó por unos instantes a la sala principal de la vieja almazara. Entonces se giró hacia Claire que peleaba con el viento para cerrar la puerta, y sintiéndose ya como en casa sacó de la bolsa que llevaba colgada al hombro un gran manojo de hierbas olorosas y le dijo:

  • Necesito tomar algo caliente antes de acostarme. ¿Te apetece que te prepare una infusión?

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