la novela inédita – escena

Escena de Capítulo I – El encuentro – Un nuevo punto de partida


Salieron de la casa cuna azorados por la certeza de estar viviendo algo extraordinario, algo que nunca había estado previsto en sus vidas. Andaban sin mediar palabra por la calle blanca de la luz de medio día, sin saber muy claro hacia donde iban, sólo hacia delante. Andaban uno al lado de otro, pero eran como dos cenefas que corren en paralelo y sin llegar a tocarse, tan cerca y a la vez tan lejos.

Carmen se sentía, no sabía muy bien como decir… ¿Decepcionada? ¿Abatida? Había esperado tanto ese momento. En las últimas semanas había tratado mil veces de imaginar cómo sería el primer momento con Lucía, pero no lo había conseguido ni una sola vez, ni tan siquiera en sueños. Y ese solo punto la contrariaba hasta la angustia. Claro que la agencia no había sido capaz de conseguir ni una mísera foto de la niña, tan sólo contaba con una descripción somera, con una enumeración de rasgos. ¿Cómo imaginar como sería conocer a alguien que no conocía? ¿Cómo imaginar un lugar del que no tenía ni idea de cómo era? ¿Cómo suponer una experiencia que no se había vivido nunca? Imposible. No le había quedado más remedio que presentarse allí en blanco, junto a un hombre que la ofendía con su aire de inmerecida derrota. Sin más compañía que ella misma y el millón de ánimos que le dio Silvia antes de la partida, pues a ella sí le habló de la disparatada situación en que se encontraba, a pesar de haber exigido a Jorge que nadie en este mundo supiera del naufragio. ¿Cómo dejar de explicar algo a Silvia, si eran como hermanas?

Pero ni Silvia había logrado convencerla con ninguno de los vaariados argumentos que se le ocurrieron para mostrarle que ese viaje no era conveniente. Y no le había pedido que se olvidara de la niña, sabía que no podía pedirle tanto, solo le había pedido que postergara el viaje, que se inventara cualquier excusa ante la agencia para darse tiempo. Imposible. Por oponerse, Carmen se había opuesto incluso a la insistencia de Silvia por acompañarles al aeropuerto. Se había despedido de ella en la tienda la tarde anterior al viaje. Dejó que Silvia la besara y la abrazara con efusión y cargó con los mejores deseos de su amiga como único apoyo moral. De igual modo se despidió de su madre, con asepsia, sin ilusión, como si a nadie más que a ella le incumbiera lo que iba a hacer. Y ahora, después de haber recibido el desaire de Lucía que no tuvo ojos más que para Jorge, sentía que esa asepsia no la abandonaba, sentía que el encuentro tan vaticinado con la niña la había dejado insensible hasta el desaliento. Aunque nunca había conseguido imaginar lo que todos en la agencia llamaban pomposamente El Encuentro, Carmen sabía que no era así como debería haber sido. Había entrado en esa casa con la intención de conocer a la que ya consideraba su hija, y salía con la impresión de que todo estaba por hacer, de que se encontraba fuera de todo, de estar excluida de algo en lo que debería ser  protagonista, como de haberse colado en su propia fiesta de cumpleaños. Y, de vuelta a la calle, le irritaba la descarada intensidad del sol, y le molestaba los ruidos desenfadados de la ciudad, y la desgana de los peatones que se cruzaban en su camino. Se acordó de Jorge, a su lado, lo miró airada, y no pudo más que irritarse con la mueca de tonta compasión con que él acompañó una sonrisa que más parecía un pésame.

El mundo que tenía Jorge en la cabeza era mucho más parco, mucho más sencillo, mucho más básico: era únicamente Lucía. Y nada más. Salió de ese primer encuentro con Lucía prendado y con la solapa de la americana honrosamente empapada de las sentidas lágrimas que le regaló la niña en la despedida, cuando repentinamente se abrazó a él y se negó con obstinación a soltarle. Jorge salió prendado y buscando la sombra en tan eternamente soleado país para que no se evaporara la prueba de sus amores. No cabía nada más. No podía imaginar nada más. A sus casi cincuenta años la vida le había golpeado en el momento más inesperado y en el lugar donde nunca pudo imaginar: la paternidad. ¿La paternidad? No, no podía ser sólo eso, pues eso lo había vivido con anterioridad, con sus dos hijos que tantos desengaños le habían ocasionado. Y hacía tanto tiempo de ese tiempo, que la vida pasada ya empezaba a diluirse en escenas descoloridas. De la época en que sus hijos eran pequeños le quedaba un regusto un tanto amargo, como de algo inalcanzable, como un sentimiento de notar que su espacio había sido ocupado por extraños; de bullicio, de caos, de sordina, de reproche; de Claudia encarándole con miradas cargadas de “Y tú qué sabes. Y deja que ni para eso.”; de mamá diciéndole “Tu preocúpate del dinero, que dentro de nada estos van a devorar”; de sus hijos desplegando a golpe de rabietas su decálogo de deseos impostergables. Para él la paternidad era una exclusión dolorosa e inevitable, no era en absoluto lo que ahora le ofrecía Lucía. Esa niña no le había exigido su atención, sino que se había pegado a él sin más, le había entregado su mano dispuesta y desde sus ojos negros le pedía que le hiciera de padre.

Esos vivísimos ojos negros le habían producido un pequeño seísmo, en ellos vio necesidad y ternura, en ellos creyó vislumbrar el mundo al desnudo de los días de su infancia. De repente le envolvió el ritmo lento y algodonoso de sus primeros años, tan olvidado tras la vorágine de rutina en que transcurría su presente. Regresó a las noches heladas en que su madre lo acostaba con ella en la cama para aprovechar el calor de los cuerpos, arrebujado bajo el peso picante de las mantas, pegado al vaivén de la respiración gruesa de mamá y al roce áspero de su camisón gastado. Regresó a los bocadillos de mortadela de olivas que se comía en el patio del colegio, solitario en una esquina mientras los demás niños jugaban a gritos, y que su madre preparaba apresurada por las mañanas mientras él se bebía una tazón de leche demasiado caliente, de esa leche de antes que olía a paja y a establo cerrado. Antes de salir de casa mamá le amarraba dos vueltas de bufanda sobre la boca y le avisaba que tenía que comer siempre sentado, pues –y se lo decía todas las mañanas- jugando y corriendo la comida no se ponía bien en el cuerpo. Regresó al ahogo que le producía el vaho húmedo y pegajoso entre su nariz y la lana burda; a los pantalones hasta las rodillas; a los calcetines cedidos sobre los tobillos rojos irritados por el viento de entonces, gélido y cortante. Ese silencio siempre presto a la obediencia ante la mirada dura del señor maestro que indicaba a sus alumnos, sin necesidad de mediar palabras, que ya debieran estar formados en fila. La mirada también dura pero afectuosa de mamá esperándole a la salida de clase, vestida de negro cerrado por aquello de tratar de pasar por viuda, y la mano de él extendiéndose confiada y dispuesta hacia esa figura cercana que lo amparaba ante un mundo que le atraía y lo acongojaba a la vez, más que nada lo acongojaba.

Entraron en la primera casa de comidas que encontraron en su camino. Era más de medio día y no sabían qué hacer ni dónde ir. Al desconcierto de ese extraño momento se unía su incapacidad por compartirlo, por no sentirse tan aislados. Y ahí estaban, con el peso de su civilización a cuestas, pero con el fastidio que no podían evitar de tener que sentarse frente a frente en una mesa, de tener que compartir con el otro ese momento íntimo que cada uno había vivido como propio. Se sentaron en la mesa que les señaló el mesero, después de que éste les informara -siempre dirigiéndose a Jorge- que no aceptaban tarjetas.

-Sólo pesos. –Y tras una pequeña pausa, añadió:- O dólares, señor.

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