Conversaciones ajenas — El cumpleaños

Entro en el vestuario después de mi sesión de natación y vuelvo a encontrarme con ella. Está sentada en el banco delante de su taquilla abierta y, una vez más, habla por el móvil con total desenvoltura. Por la ropa deportiva que viste y por sus mofletes aún encarnados deduzco que viene del gimnasio y que está a punto de dirigirse a la ducha.

Está ahí sentada como si estuviera en el sofá de su casa, y habla a voz en grito. En un murmullo metálico indescifrable llega la voz femenina de su interlocutora. Tras unos minutos de desconcierto, acabo atando cabos: mi compañera de vestuario está organizando una fiesta para su cumpleaños. Será para el primer sábado de octubre —¡estamos en mayo!— y debe alcanzar un número redondo, cinco meses de antelación para una fiesta de cumple lo avalan. Aventuro que pronto le caerán los treinta, más por descarte que por evidencia: para esta chica, veinte es poco y cuarenta demasiado.

La cena será en Barcelona, en una especie de sala de fiestas en un lugar céntrico —«en una zona de postín», asegura ella… o quizás haya dicho «de categoría»—, y el cubierto sale por unos 30-35 euros por persona: «¡un regalo!». Entiendo que su cumple debe de ser en agosto o septiembre, porque dedica un rato largo a explicar las razones que la empujan a mover la fiesta a octubre, «ya se sabe, la gente estaría de vacaciones, por ahí o en el pueblo (no atino a saber en cuál), o de crucero…»

Me desconcierta la lista de invitados, pues nombra a varias personas de las que ha dicho desconocer el apellido, «sí hombre, Nuria no-sé-qué-más, la que su marido es pescador…», o dice cosas como «¡ah! y también al del bajo» o «tienes razón, se lo diré a los del ático» o «¿les puedes llamar tú?, que yo no tengo su teléfono»… Me he imaginado mi fiesta de cumpleaños invitando a no-sé-cómo-se-apellida y a los vecinos-de-los-que-no-tengo-el-número y he sentido una extraña sensación de soledad.

No es la primera vez que coincido con ella. Siempre en el vestuario, siempre hablando por el móvil sentada en el banco delante de su taquilla abierta, siempre con su ropa deportiva y sus mofletes colorados.

Semanas atrás discutía con su madre sobre quién iba a ir a recogerla a la salida del centro deportivo, que si su padre, que si su hermano… no se cómo acabó, pero sé que se enfadaron mucho, hubo bronca, diría que se llegó al llanto.

Otro día hablaba con su padre y le dijo «no, tranquilo, yo ahora voy a comer y luego me iré para casa». Cuando acabó de hablar, se levantó, hurgó en su taquilla, sacó un yogur, se sentó de nuevo en el banco y se comió el yogur con avidez. «Mira, ya ha acabado de comer», me dije yo sin salir de mi asombro.

En mi cabeza algo reblandecida tras media hora de piscina se me ocurre que esta chica igual ha encontrado aquí su espacio personal: sus cosas, su teléfono, sus yogures… Alzo la vista para mirar si lleva las pantuflas puestas. No las lleva, lo que no quita que puedan estar en el fondo de su taquilla, porque estaba yo maquinando este razonamiento difuso cuando oigo que ella dice “bueno, pues avísales tú, porque yo ni mañana ni domingo vendré al gimnasio, con lo que no podré llamarles hasta el lunes».

Por un momento me he acordado de las teorías que corren por blogs pseudoliterarios acerca de las extrañas conexiones entre el autor y sus personajes… Y me he acordado también de mi abuela, que cerraba los cotilleos de patio de vecinos con aquello de que hay vidas tan perras que ni las querríamos imaginar.

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