Un café con Vila-Matas

Salgo de casa a las cinco y veinte de la tarde con un destino marcado: la librería +Bernat, en Barcelona, donde de siete a ocho estará Enrique Vila-Matas firmando libros.

Es el día de Sant Jordi, y cientos de autores firman libros por doquier. Nunca antes he tenido una ocurrencia como esta: salir de casa a por una firma. Y creo que sólo en una ocasión he paseado el Sant Jordi por Barcelona; aún recuerdo que experimenté una sensación encontrada de una elevada emoción y de un ahogo sin fondo. Algo parecido a lo que deben experimentar las apretadas abejas en su enjuto panal, pero sin un objetivo biológico definido.

Espero más de veinte minutos en la estación de Vilassar de Mar a que pase un tren con destino a Barcelona. En mi ánimo, la duda sobre qué haré cuando tenga a Vila-Matas ante mí, mirándome interrogante, esperando que le diga no sé exactamente qué. También un temor sobre dónde me van a llevar mis pasos, si no llegaré hasta allí para dar media vuelta en cuanto vea una cola interminable de señoras cotorreando y con el libro de Vila-Matas debajo del brazo.

Por fin llega el tren y subimos, mi yo razonable y temeroso y la loca esta que vive conmigo y que últimamente toma tanto la iniciativa por mí. Elijo asiento cerca de la ventana y me entretengo mirando este mar benigno y sedante de primavera quieta.

Sobre las seis y media el tren para en la estación de plaza Catalunya, y es como si estuviera en una estación de tren en Bombay: el anden está tomado por una multitud que corre a apretujarse en el tren que yo acabo de abandonar, de hecho, numerosos pasajeros se quedan sin poder subir a él. Por la otra vía llega otro tren en destino contrario y su llegada produce otra nube de personas arremolinándose para tomarlo. Gritos, empujones, rosas rojas y amarillas, críos que lloran su incomprensión…

Dudo de si seguir con mi plan o si pelearme por subir a este tren que me devolvería a casa y que me puede sacar de este caos en el que me he metido yo sola. Concluyo que dentro de un par de horas la cosa no va a estar peor, por lo menos estará igual de dramática, y me encamino cabizbaja a las escaleras de salida para seguir en mi destino.

Salgo a la rambla de Catalunya y busco hueco entre la multitud para avanzar hacia ronda Universitat, donde pretendo coger el 59 hasta Villarroel. Llego a la parada y una multitud inquieta rebulle mientras un bus arranca lleno hasta la bandera, el visor de la parada indica que faltan diez minutos para que llegue otro 59. No me paro. Sigo andando en dirección Buenos Aires 6.

Paso por delante de la Universidad de Barcelona. Subo Aribau y voy a buscar Enric Granados para evitar el incordio de los coches y de tener que dibujar todos los chaflanes; en Provenza giro a la izquierda, hasta Casanova. He pasado decenas de veces por aquí en autobús (para ir a mis doctores salva-ojos) y nunca había reparado en que el edificio que queda a espaldas del Clínic es la Facultad de Medicina. Me reconforta que las personas que han de hacerse cargo de los achaques de nuestros cuerpos estudien en un edificio de aspecto tan solemne. Giro de nuevo a la izquierda por Córcega, luego subo Villarroel, cruzo París, Londres, y estoy en Buenos Aires. Son las siete y once de la tarde.

Ha llegado el temido momento de saber cómo va a actuar la insensata que llevo en mí.

Me acerco a la librería y veo gentío en la acera. Han montado paradas con libros en la calle, y veo una cola enorme y ordenada que no sé ver dónde empieza. Dudo de si ponerme directamente en la cola antes de que esta siga creciendo, en el último instante se me ocurre superar la cola y acercarme a ver dónde se inicia. Nace en dos chicas que cobran y envuelven libros; más allá de ellas, más mesa con libros y libros, más gente merodeando.

Entro en la librería. La verdad es que hay gente, pero se cabe, se puede entrar, y se puede andar bastante cómodamente. Este es un espacio mágico, con el olor y el tempo de las librerías de verdad. Busco con la mirada otra cola, la que ha de ser mi cola, y la veo al fondo del local: otra cola ordenada y con caras de paciente espera. Como ya he aprendido, busco la cabeza de la cola y de nuevo encuentro dos chicas cobrando y envolviendo libros. Ni rastro de Vila-Matas. Ya está: seguro que no ha venido, seguro que ha optado -con buen tino- por quedarse en su casa haciendo gala de su incomodidad para con los extraños.

Incrédula, doy otra vuelta por el interior de la librería: ni rastro. Pues ha de estar fuera. Salgo de nuevo y reviso la cola y las mesas a mano derecha: ni rastro. Solo gente y libros. Ando hacia la izquierda y —como un espejismo, como una isla— se me aparece la imagen solitaria de una mesa pequeña y apartada, con un señor serio y paciente, vestido con chaqueta azul marino y con una rosa de fieltro en el ojal. Sobre la mesa, como si fuera un médium preparado para echarte las cartas, algunos de sus libros en exposición. A su derecha, Montse —alma mater de la casa— sonríe paciente en su papel de ángel protector. Delante de ellos, mirando los libros expuestos sobre la mesa, una señora.

Me pongo inmediatamente detrás de esta señora hasta que ella se aparta y me quedo asombrada mirando a mi ídolo.

—¡No me lo puedo creer! —le espeto a Vila-Matas entre divertida e irreverente—. Me esperaba una cola de mil dominios, ¡no me lo puedo creer!

Acto seguido me avergüenzo de esta yo que desconozco. Alguien ha venido a entablar conversación con Montse y ha dejado a Vila-Matas solo y a su suerte.

—Soy absolutamente fan suya —sigo desbarrando.

Miro los libros que ofrece sobre su mesa: Impón tu suerte, Doctor Pasavento + Bastian Schneider, Dublinesca, Bartleby & Compañía, Kassel no invita a la lógica, Marienbad eléctrico, Mac y su contratiempo, Aire de Dylan

Entre los libros, una tacita con un café corto, negro, cremoso, humeante.

Abro mi bolso y de él extraigo el libro que estoy leyendo y releyendo, Mac y su contratiempo, guardo el lápiz que llevo entre sus páginas y entrego el libro a su autor. Él lo abre por la primera página y esta está llena de anotaciones mías a lápiz, la segunda también.

—Sí, es que tomo muchas notas —me excuso—. Es fantástico. Lo estoy leyendo por segunda vez.

Él aterriza en la tercera página y con un tinta fina azul empieza a dibujar líneas en la parte superior de la hoja, traza un perfil de arriba a bajo de la página, alguien con un sombrero, me pregunta mi nombre, escribe unas palabras, un garabato… mientras, yo no dejo de parlotear sin sentido.

Me devuelve el libro, que regresa a mis manos después de haber estado entre las suyas.

Yo sigo a lo mío… señalo uno a uno los libros que tiene encima de la mesa:

—Lo tengo, lo tengo, lo tengo —me desvanezco de oír tanta tontería—. Estos tres de aquí no los tengo. ¿Cuál me recomienda?

Me mira perplejo, y me sigue la corriente. Me habla del doctor Pasavento, me habla -con desconcierto- del éxito de Bartleby, me habla de Dubinesca… va de un libro a otro. Pregunto si puedo comprarlos ahí y él mira a Montse que sigue hablando con alguien, esta tiene una conexión secreta con Vila-Matas, pues enseguida le atiende y me dice —irónica— que tendré que hacer la terrible cola si quiero comprar alguno de los libros, y vuelve a su conversación. Vila-Matas me mira disculpándose. Los dos damos por hecho que no voy a hacer la cola.

—El año que viene —le digo asumiendo que acabamos de inaugurar una tradición.

Me sonríe (¡me sonríe!). Yo vuelvo a mis muestras de devoción. Que si disfruto tanto leyéndolo, que si aprendo tanto con las recomendaciones de autores por mí desconocidos que extraigo de sus lecturas, con sus elucubraciones sobre el arte y la literatura…

—Entonces disfrutarás con este último —me dice señalando Impón tu suerte—, son mis artículos, cada quince días publico uno en El País; aquí hablo mucho de mis lecturas y de mis autores preferidos.

No quiero irme de allí, pero noto que ya no sé qué más hacer. Siento que Montse no esté por nosotros, haciendo de puente entre dos tímidos rematados. Vila-Matas me mira desde un temor acostumbrado, son muchos años de atender lectores voraces.

—Que pase una muy buena tarde de Sant Jordi —le deseo, y le alargo mi mano.

Me mira desconcertado, una firma vale, pero ¿la mano? Titubea. Yo no desisto, mantengo mi mano extendida hacia él sobre la mesa. Él alza su mano y aprieta la mía con aparente desazón.

—Hasta la próxima —me despido.

El café sigue ahí, ahora se ve más negro, la crema y el vapor se han reducido y han dejado paso a una oscuridad concentrada.

Me alejo con el libro aún entre las manos. No sé que me produce mayor estupor, si tener su firma o saber que este libro en el que llevo semanas metida de cabeza, disfrutando como posesa, ha estado entre sus manos. Cruzo la calle y miro desde la acera de enfrente la escena en la que acabo de estar. Ahora una señora ha ocupado mi lugar delante de la mesa, enseguida se ha sentado a lado de Montse, los tres charlan con naturalidad. Se conocen, pienso.

Empiezo a desandar mi camino hacia casa. Ahora me sonrío, despejadas ya las dudas acerca de qué haría si llegaba a encontrarme con él. Ya sé que no le he dicho cuánto echo de menos a Bolaño, tampoco le he contado que escribo y que tengo diseñado en mi cabeza de loca el plan para conseguir que tenga un libro mío. Quizás el año que viene, ya en confianza.

Desando Villarroel, Londres, París, Provenza… sigo hasta Balmes, Mallorca —donde paso por delante de La Central y tengo que cambiar de acera porque es imposible atravesar el gentío que se apretuja delante de la puerta, y agradezco a Montse que Vila-Matas no firme en La Central ni en El Corte Inglés—, sigo hasta rambla Catalunya y me sumerjo en el paseo central, desde donde se atisban las mesas de libros a ambos lados, inalcanzables, y donde andar me resultaría penoso si no tuviera nada que celebrar.

Llego a casa como a las nueve de la noche, sabiendo que cuando Vila-Matas habrá acercado sus labios al café y lo habrá encontrado frío, en su cabeza hecha de letras habrá surgido un fugaz recuerdo para mí.

 

   

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4 respuestas a Un café con Vila-Matas

  1. Roser dijo:

    Molt bé Anna!!, no li vas dir q eres escriptora, no li vas regalar els teus llibres. ….gracies per la teva humilitat!!

  2. Nieves hernandez dijo:

    Una descripción de tu tarde, como siempre, maravillosa!!!

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