Quema. El vértigo tras el mal

“…
– ¿Qué hay para comer? -pregunto.
– La comida no se pregunta, la comida se agradece -dice el gordo vaca.
Antes de que pueda darme cuenta, ya ha montado frente a nosotros una mesa y unas sillas plegables. Luego saca una olla de no sé dónde. La destapa. Huele bien. Veo que él también es un sobreviviente. Como Rudo. Como nosotros. Panza llena. Tenemos suerte. Somos de los buenos.
Nos sentamos.
– Agradecemos, Señor, por los alimentos -dice el gordo enlazando los dedos bajo el mentón.
Rudo detiene el tenedor a medio camino hacia la boca y baja un poco la cabeza.
Yo me echo a reír. De poco meto la cabeza dentro del plato de tanta risa. Rudo me da una patada por debajo de la mesa.
– ¿Qué pasa, niña? -pregunta el gordo.
– Eso que has hecho -respondo-. Es raro.
– ¿Por qué raro? -pregunta él.
Yo he dejado de reírme. Rudo come en silencio.
Rudo tiene una forma de indicarme cuando quiere que me apague. Así lo dice. Que me apague. La forma que tiene de indicarme que quiere que me apague no es algo que uno pueda percibir así como así. Percibir. Esa palabra me la enseñó él. Percibir.
– Olvídalo -contesto al gordo para cortar la discusión.
– ¿Es que nunca agradecéis la comida vosotros?
– La comida no se agradece, la comida se roba.
Rudo traga y se limpia la boca con el reverso de la mano.
– Ella no sabe mucho -dice.
– ¿No le has explicado nada de antes? -pregunta el gordo.
– ¿Para qué?
– Para que no se comporte como una salvaje.
– Aquí todos somos salvajes.
– Pero hay costumbres que no tienen que perderse.
Paso los dedos por el plato y luego me los chupo. El plato queda bien reluciente. No entiendo qué es lo que están hablando Rudo y el gordo y además quiero irme de ahí cuanto antes. De modo que trato de apurar un poco las cosas.
– ¿Para qué estamos aquí comiendo? -pregunto.
– Para conocernos -contesta el gordo lechón.
– ¿Y para qué mierda queremos conocerte a ti? -pregunto.
El gordo se me queda mirando. Veo que está buscando palabras feas para lanzármelas a la cara. Creo que va a pegarme. Rudo deja el tenedor en el plato y se echa para atrás en la silla.
– Hablemos del precio -dice con voz calma.
…”

Quema – Siberia – página 79
Ariadna Castellarnau
Editorial Catedral

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