Azul

Era un día cualquiera, un martes, y había salido de la oficina a media mañana para dar un paseo y airear mi cabeza llena de números y apuntes contables. Detestaba mi trabajo de oficinista, y a menudo cedía a la desazón por escapar unos minutos del despacho. Lo cierto es que estuve a punto de pasar por su lado sin siquiera mirarla. Pero hacía aquel sol suave y amable de invierno, y ella estaba sentada en un banco delante del mar ondulado, y su cabello, tocado por el sesgo del sol, era tan azul que era imposible pasar de largo sin que te llamara la atención. Me paré ante ella, como imantada.

–     ¿Te importa que te mire? Jamás antes había visto un hada –me asombré a mi misma de oírme decir tamaño despropósito.

Ella me miró y sonrió. Era majestuosa en su mirada. Pensé en una mariposa.

–      Claro, puedes mirar cuanto quieras.

–      Gracias –respondí aún atolondrada.

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Ella volvió a su tarea de mirar al mar. No miraba la rompiente espumosa y cercana de las olas. Su mirada se suspendía en la lejanía, como si esperara ver pasar algo extraordinario y no debiera perdérselo. Había obstinación en su pose. Yo la observaba desde el estupor. Todo en ella era de lo más banal, excepto esa cabellera salvaje de un azul vivo, fascinante. Por lo demás, no había nada en ella ni en su ropa que hubiera podido llamarme la atención. Nada sobrenatural a su alrededor: ni una varita, ni una estrella, ni tan solo un halo de suave dorado resiguiendo su perfil. Vestía un grueso jersey beis y jeans oscuros, zapatillas de deporte. Como tantas otras personas con las que te puedes cruzar a media mañana por el paseo.

–      Si quieres, puedes pedirme un deseo.

No me sorprendió. No me sorprendió en lo más mínimo. De pequeña yo tenía un disfraz de hada: falda de tul hasta los pies, corpiño con ribetes dorados, mangas de puño ancho que se abrían en vertical, sombrero de cucurucho con una cascada de finos hilos dorados cayendo desde su extremo y varita con estrella: todo de un rematado azul cielo.

–      Sí, claro –respondí- un deseo. Dame un minuto para pensármelo.

–      Hoy es viernes, ¿verdad?

–      Por supuesto –mentí sin reparos en mitad de ese martes desvaído-, viernes para todo el santo día.

–      Bien –sonrió-, por ser viernes puedes pedirme dos deseos. Me gustan los viernes.

–      Sí, claro. Entonces dame dos minutos para pensar.

–      No tengo prisa –dijo mostrando una parsimonia absoluta. Abrió un cuaderno que tenía sobre las piernas y con un bolígrafo transparente empezó a garabatear en él.

Me encerré enseguida en mis pensamientos. No uno, no, dos deseos puedo pedirme. Dos deseos para toda la vida. Eso sí que no estaba en mis planes cuando esta mañana salté de la cama para enfrentar un día más. Veamos, hay que concentrarse, me decía a mí misma.

Mientras pensaba, vi como por el paseo se acercaba alguien sobre un skate dibujando con su cuerpo una interminable cenefa en el aire. Pensé que era un chico haciendo novillos del instituto, pero cuando estuvo a nuestra altura me di cuenta de que no era un chaval, era un anciano que nos saludó con un amistoso gesto de la cabeza. Venía navegando sobre su skate con una elegancia pasmosa. Azul pareció no verlo. No te distraigas, me dije, tú a lo tuyo: dos deseos.

Pensé en mi vida a medio hacer. Pensé en mis sueños. Pensé en mis limitaciones. Busqué la clave que me pudiera acercar a mis retos, a mis desvaríos. Un deseo cuya consecución me aportara un beneficio real, un placer a largo plazo. Y poder pensar siempre con satisfacción: qué afortunada fuiste con el deseo elegido, qué atinada estuviste en este momento crucial.

Pensé, pensé y pensé.

–    Creo que ya lo tengo –dije ya sin dudar-. Quisiera tener ante la vida la energía incansable y el desparpajo osado propios de los triunfadores.

Me miró con interés por primera vez desde que la abordé. Me miró a los ojos escudriñando mi interior. Me estremecí. Luego miró detenidamente mi figura, todo aquello que quedaba alrededor de mi interior.

–       ¿Y no te sería más interesante pedir algo más utilitario?

–       ¿Cómo? –no comprendí.

–       Sí, algo más práctico: un par de tallas menos de cadera, unos diez centímetros más de altura, un par de tonos más en el color de tu piel.

Me quedé sin palabras. Bueno, en realidad me quedé sin ideas. ¿Algo más práctico? ¿Más práctico que energía y desparpajo para encarar mi vida con el puñado de planes que bullían en mi cabeza y que jamás podría alcanzar con mi carácter apocado?

–     Siempre hacéis igual –concluyó visiblemente aburrida-. Os doy la oportunidad de cumplir un deseo y siempre os perdéis en profundidades grandilocuentes. En realidad, creéis que con ello vais a solventar grandes problemas, sin daros cuenta de que los grandes problemas no suelen tener una única solución. ¡Qué desperdicio de deseos!

Me quedé pensativa. Quizás no le faltaba razón. Quizás los deseos abstractos traerían consecuencias abstractas. Medir diez centímetros era lo más pragmático que había escuchado nunca.

En ese momento pasaron ante nosotras dos niñas, tendrían seis o siete años y andaban solas y cogidas de la mano. Las dos la saludaron muy formales. Ella les respondió con una sonrisa que percibí cómplice.

–       ¿Te importa si me siento?

–       Por favor…

–       ¿Qué haces? –Le pregunté señalando su cuaderno.

–       Escribo cuentos.

–       ¿Para niños?

–     ¿Cuentos para niños? –Se rio con cierta guasa.- ¿Qué os pasa con los cuentos para niños?

Una vez más no supe qué responder.

–       Ya hay suficientes cuentos para niños en el mundo –añadió Azul con determinación.- Escribo cuentos para adultos, o, si prefieres, para niños adultos.

–       ¿Y que haces con tus cuentos? ¿Los publicas?

–       Los regalo a los adultos por si algún día los pueden necesitar.

–       Que bonito gesto –respondí desde la confusión.

–       ¿Tú crees?

No supe qué más decirle, de modo que entendí que era mejor callarme. Volví a pensar en mis deseos. No tenía muy claro en qué había quedado su ofrecimiento de petición de deseos. ¿La había descorazonado y con ello había malogrado mi posibilidad de petición, o ya ella se había otorgado la capacidad de decidir sobre mis propios deseos y de un momento a otro iba a experimentar como mis piernas se alargaban hasta dejar mis tobillos al aire? En verdad me sentía desorientada.

–       Entonces, ¿puedo volver a lo de mis dos deseos?

–       Claro.

–       Pues me mantengo en mi deseo primero: energía y carácter de triunfadora.

–       Bien, qué le vamos a hacer.

–       Y como deseo número dos… Querría…

–    Por favor, no me pidas que elimine las guerras en el mundo, ni el hambre, ni el sufrimiento. Como bien te puedes imaginar eso ya lo he concedido cientos de veces y ya ves para qué.

–       ¿O sea, que los deseos no siempre se cumplen?

Ahora fue ella quién no respondió, por lo menos no lo hizo con palabras, aunque su mirada y su sonrisa burlonas hablaban más que un diccionario abierto.

No me di cuenta de cómo ocurrió, pero en ese momento sentí que se había alterado la luz del sol. Alcé los ojos esperando ver algunas nubes deshilachadas en el cielo. Ahí estaba el sol en mitad del cielo azul, aunque no era el sol amarillo de todos los días, sino un sol sonrosado que esparcía una extraña luz atornasolada de tonos rosas. Precioso, pensé, pero no me dejé intimidar y seguí pensando en mi deseo pendiente de concretar.

–      Pues mi deseo segundo consiste en tener la capacidad de mostrar siempre un juicio equilibrado acerca de todo lo que me rodee, la capacidad de ser justa en mis razonamientos.

–      ¡Toma castaña! –respondió divertida, y como si Azul hubiera accionado un interruptor el sol volvió a brillar en su consabido amarillo.

–       Sí –me sentía satisfecha.

–      Entonces, nada de un cabello cobrizo y brillante para toda la vida. Ni tan siquiera unos bonitos ojos verde mar. Ni una figura perfecta que resista todas las comidas del universo sin temer una sombra de dieta.

–       Eso es.

–       Bien, pues deseos concedidos.

–       ¿Ya está?

–       Ya está.

–       Yo no he notado nada… -dije sin querer, y aunque podía sonar a reproche no era este mi sentimiento, al contrario, estaba asombrada del poco esfuerzo que le requirió conceder esos dos deseos que ella misma había tildado de profundos y grandilocuentes.

–       Si no te importa, vuelvo a mis cuentos –y volvió a abrir su cuaderno.

–       Gracias –acerté solo a mascullar.

Me quedé un buen rato sentada a su lado en el banco, sin atreverme a molestarla con más preguntas. La miraba con asombro contenido. No acababa de creerme lo que había ocurrido. La miraba y en su piel tan pronto podía ver el resplandor de una chica de veinte años como acto seguido el tono mate de una mujer de sesenta. Su respiración pasaba del sosiego al atribulado y volvía al sosiego. Su mirada tan pronto se centraba sobre el cuaderno como se posaba sobre las olas tiernas del mar. Podía escribir desbocada sobre el bloc mientras su mirada parecía absorta en contar las olas que entraban por el horizonte.

–       Perdona –titubeé- ¿te encuentras bien?

–       ¡Hola! ¡Sigues aquí!

–       Sí… ¿te incomodo?

–     No, pero pensé que ya estabas disfrutando de tus nueva forma de ser. Siempre es lo mismo: os concedo un deseo y desaparecéis al instante.

–       Ya, es normal. Es que es una pasada que un hada te conceda un deseo.

–      No es una pasada, es algo que ocurre de vez en cuando. Sobretodo si te cruzas con la persona adecuada.

–       Sí, pero eso solo ocurre en los cuentos infantiles.

–       Ya.

Me sentía a gusto a su lado. Noté algo extraño bajo las suelas de mis zapatos. El suelo del paseo se había alejado dos palmos hacia abajo. Ahora a las dos nos colgaban los pies.

–    ¡Me encanta que me cuelguen los pies! –dije sintiendo con añoranza el placer de balancear mis piernas en el aire.

–       También a mí –sonrió.

Su cabellera relucía ahora con una preciosa luz de nácar azulado.

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4 respuestas a Azul

  1. nieves dijo:

    Ya sabes Anna, como siempre, leo las primeras líneas y ya no puedo dejarlo hasta el final esté donde esté
    Me ha encantado, aunque yo habría sido más materialista, que quieres!!!

  2. Fran Chuan dijo:

    Delicioso cuento con un final más que interesante. Gracias por compartir. Fran

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