Una mariposa

Esta mañana había una mariposa en mi terraza. Era una mariposa de alas blancas con un par de topos oscuros en los extremos y salpicadas de polvo marrón en sus puntas, como el juvenil salto de cama de una adolescente vivaracha.

Sí, debía ser una mariposa joven e inexperta, pues revoloteaba con descaro a mi alrededor, se posaba en las flores lilas de la lavanda y en cuanto se ha dado cuenta de que he vuelto a salir con mi cámara de fotos, ha desplegado sus alas presumidas ante el objetivo y ha dejado que la cegara con los destellos del sol contra el metal de la cámara.

mariposa1    mariposa2

“Mariposa inexperta y alocada… Frívola”, le he susurrado mientras pulsaba el disparador de mi cámara una y otra vez; ni el sonido metálico del disparador la ha hecho estremecer. Allí ha seguido hasta que le he dicho: “Hala monada, ya estás inmortalizada en mi álbum de fotos, puedes seguir con tu acaracolado devenir.”

“Se sabe mariposa, se sabe única, se sabe asombrosa…” He reconsiderado mientras ella alzaba el vuelo suave y seguía jugando a mi alrededor. En mi infancia, las mariposas poblaban nuestras mañanas de verano. Eran mariposas grandes, de hermosas alas combinadas de colores vivos: rojos, naranjas, ocres, negros… Otras eran de un amarillo reventón, o de un delicado negro crepuscular. Teníamos pequeños cazamariposas de transparentes redes verdes y saltábamos y corríamos detrás de ellas en medio de un jolgorio de risas y gritos.

No eran inexpertas y bobas, no se posaban para lucirse delante de nuestras narices, y aún así las cazábamos, las observábamos de cerca, les rozábamos las alas hasta dejarnos el polen se sus alas en las yemas de nuestros dedos, medíamos la amplitud que abarcaba su vuelo, les pulsábamos las antenas, les pinchábamos un alfiler de cabeza oscura en mitad del cuerpo y las dejábamos morir estampadas contra la hoja de papel de nuestro querido álbum de mariposas.

No eran mariposas inexpertas, alocadas y solitarias como esta de hoy. Eran multitud de mariposas que poblaban nuestro cielo y se posaban desconfiadas en el aroma de nuestro jardín. Y, aunque nunca pensamos en ello, creíamos que siempre iban a estar ahí, coloreando el cielo azul de todas las infancias que estaban por llegar.

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2 respuestas a Una mariposa

  1. Roser dijo:

    Sempre és un gust llegir-te
    Com és q abans eran desconfiades i ara tot el contrari?
    Han descobert que no fem tanta por? O les hem domesticades també!!!!

  2. annalleonart dijo:

    Hola Roser!
    No ho sé, dóna la impressió que estan desentrenades, n’hi ha tan poquetes que jo diria que ja ni tenen àvies que les puguin prevenir de la nostra malícia… I, per la nostra part, quan veiem una papallona ens quedem tan embadalits que ja no gosem caçar-les.
    Petons!!

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