A vueltas con las traducciones

En mi post de hace unas semanas Buenas noticias: ¡un Asteroide! os hablaba de mi feliz descubrimiento de la editorial Libros del Asteroide. Algo que me llamó la atención de los libros que ellos editan -y que no mencioné en mi anterior post- es que en la portada de los volúmenes que han requerido ser traducidos aparece el nombre del traductor. Sí, esta pequeña acción me sorprendió vivamente.

A raíz de esta sorpresa, y como quién no tiene nada mejor que hacer, me dediqué durante unos días a pasear mi garbo entre las mesas de actualidades de la Llibreria Índex, de Pepi, mi librera preferida. Para ahondar en mi sorpresa, me encontré con que hay más editoriales que han incorporado esta práctica, aunque tampoco son muchas, ni las más populares. Sí lo hace el Acantilado, o La Campana. No lo hace Planeta, tampoco Mondadori.

Ya veis, con qué sutilidades (o tonterías) me puedo llegar a entretener… Para que luego me ría de los jubilados que distraen sus tardes jugando a la petanca.

petanca3Pues sí, me llamó la atención este detalle hacia la figura y el trabajo del traductor. Creo que es de justicia darle a este personaje transparente del mundo de la literatura la relevancia y la notoriedad que le corresponde, y así también ponerle en evidencia cuando sea necesario hacerlo. Si partimos de una premisa un tanto antipática, y es que el mejor traductor es aquel que no existe, comprenderemos que la labor del traductor tiene una importancia trascendental en nuestra percepción de la obra que estemos leyendo.

Un buen lector ha de saber apreciar una buena traducción (para mí son muestras de maestría el delicado trabajo de Andrés Bosch en las traducciones de Virgina Woolf para Lumen, la frescura con que Beatriz de Moura traduce en Tusquets a Kundera del francés al castellano), y ha de saber sospechar del traductor cuando una reputada obra le genera repetidas sensaciones de malestar sintáctico (birria de traducción la de Santos Hervás del Anna Karénina de Tolstoi en EDAF).

Y un lector que se precie también ha de saber compadecerse del traductor -pobre desdichado- que osa enfrentarse a casos perdidos como Faulkner. Es conmovedor el posfacio con que Miguel Martínez-Lange se despide del lector una vez este ha finalizado la  aventurada lectura de ¡Absalón, Absalón! publicada por La otra orilla. Nunca antes me había topado con la necesidad del traductor de personarse ante el lector y de explicarle -compartirle- la profundidad del desquicio vivido ante el desafío de traducir a alguien que -como Faulkner- no escribe con palabras, sino que lo hace directamente desde las intuiciones.

abstract3Claro que sí, tenemos que hacer una pequeña parada tras acabar la lectura de una obra que ha sufrido el trauma de la traducción y retener el nombre de esta persona que se ha dedicado a trasvasar una obra de un lenguaje a otro. Y tenemos que reflexionar sobre si nos ha pasado desapercibido o si demasiado a menudo hemos tenido la sensación de que estaba ahí. Es un aprendizaje que tenemos que realizar libro a libro, comparando cómo nos llegan las distintas obras de un mismo autor, especialmente si el traductor no es siempre el mismo.

No os preocupéis, todo esto que estoy diciendo puede parecer muy pretencioso por mi parte, pero esto de observar al traductor es menos difícil de lo que pueda parecer. Es como aprender a apreciar los vinos a fuerza de beberlos con intención. Sólo el tiempo y la insistencia te permite llegar a hacer tu catálogo personalísimo de valoraciones, y eso es lo importante, construir tu sello personal, al margen de lo que puedan decir los entendidos.

Para que nos entendamos acerca de qué hablamos cuando hablamos de la tarea del traductor… aquí van unas líneas extraídas del libro de Milan Kundera Los testamentos traicionados, un inteligente y muy personal ensayo sobre arte y literatura, que en su Cuarta parte: una frase nos regala un pequeño e interesantísimo tratado sobre las traducciones.

“Admitamos sin ironía alguna: la situación del traductor es extremamente delicada: debe ser fiel al autor y al mismo tiempo seguir siendo él mismo: ¿cómo hacerlo? Quiere (consciente o inconscientemente) conferir al texto su propia creatividad; como para darse valor, elige una palabra que aparentemente no traiciona al autor pero que, no obstante, es de su propia cosecha. Lo compruebo en este momento en que repaso la traducción de un pequeño texto mío: escribo “autor”, el traductor traduce “escritor”; cuando digo “verso”, él traduce “poesía”; cuando digo “poesía”, él traduce “poemas”. Kafka dice “ir”, los traductores “caminar”. Kafka dice “elemento alguno”, los traductores: “nada de los elementos”, “nada en común”, “ni un solo elemento”. Kafka dice “tener el sentimiento de extraviarse”, dos traductores dicen: “tener la impresión”, mientras el tercero traduce (con razón) palabra por palabra, probando así que la sustitución de “sentimiento” por “impresión” no es en absoluto necesaria. Esta práctica sinonimizadora parece inocente, pero su carácter sistemático embota invariablemente el pensamiento original. Y además, ¿por qué?, diablos. ¿Por qué no decir “ir” si el autor dice “gehen”? ¡Oh, señores traductores, no nos sodonimicéis!

Dicho todo lo cual, y a modo de despedida, compartir un desvelo y un humilde grito de dolor. Y es que a raíz de mi investigación sobre la presencia o no de los traductores en las tapas de los volúmenes, cual no fue mi sorpresa al toparme con libros de García Márquez traducidos al catalán. Entré en estado de shock. Tuve que recostarme en la estantería de las no novedades, y así apoyada sobre Thomas Mann y Saint-Exupéry, pude recuperar el hálito.

Por favor, ¡no seamos brutos!

Y es que podemos llenar nuestros balcones de banderas esteladas, pero… ¡no seamos tan brutos de leer traducido algo que podemos alcanzar en original! Decidme, señores editores, ¿de verdad creéis que hay alguien en nuestro país que no sea capaz de leer a García Márquez en castellano, y en cambio sí pueda hacerlo en catalán?

No lo comprendo. No acabo de ver qué criterios rigen algunas decisiones editoriales tan poco respetuosas con los lectores y con los autores.

Pero no os preocupéis, amigos, algún día conoceré a un agente que se enamorará de mí y me llevará hasta ese cielo lejano donde habitan los editores. Ese días les formularé mi insidiosa pregunta… Aunque igual espero a que les haya entrado un poco de celestial modorra, no vaya a ser que se me ofendan y me manden de vuelta a la Tierra.

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4 respuestas a A vueltas con las traducciones

  1. Fran Chuan dijo:

    genial, brillante, agudo y certero.
    Gracias.

  2. GUILLERMO TIGALO dijo:

    MUY INTERESANTE COMENTARIO, JUSTAMENTE ESTOY DISFRUTANDO DE LAS MAGNIFICAS TRADUCCIONES DE COETZE REALIZADAS POR LANGE.
    AUNQUE NO COMPARO CON LOS ORIGINALES, PERCIBO LA PREOCUPACION DEL TRADUCTOR POR ENCONTRAR LAS MEJORES PALABRAS QUE HAGAN HONOR AL TRABAJO DEL AUTOR.
    FELICITACIONES POR TU ARTICULO
    GUILLERMO

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