Descuidado deambular

Hace pocos días estuve en el aeropuerto de Barcelona para tomar un avión hacia Lisboa. Yo viajaba sola y la terminal del aeropuerto pocas veces se me había hecho tan interminablemente extensa, por lo espaciosa que es en sí misma y por la indecisa demora que lentamente fue acumulando mi vuelo.

Había llegado al aeropuerto angustiada y acalorada por el tráfico y por la hora. Pero la verdad es que cuando me planté delante del panel para consultar la puerta de embarque de mi vuelo, ya con todos los trámites cumplidos (coche aparcado, tarjeta de embarque y DNI en los dientes, escaneo de mis pertenencias desordenadas sobre la cinta transportadora –gabardina por si hacía fresco en las noches lisboetas, chaqueta, fular-, vergonzante exhibición pública del contenido de mi neceser, zapatos quitados a todo correr, arco de control pasado con mis calcetines al aire -naranja chillón y estrellitas verdes, y es que no hay forma de que madure en tema de calcetines-, zapatos de nuevo calzados, bolsa de mano vuelta a recomponer… buffffff), vi con cierta aprensión que mi vuelo estaba desinformado, mientras que todos los vuelos que estaban por delante de él y también varios de los que le seguían ya tenían la indicación de su puerta de embarque. Del mío, ni pío. Bien, sí, ponía C; es decir, que saldría de alguna de las muchas puertas de embarque que debía de haber en la zona C de la terminal.

Me dirigí a la C cargada como un árbol de Navidad y sudando océanos, al cabo de bastante camino viví la alegría de hallar un aparcamiento de carritos, estiré con ansia uno de ellos y cargué en él todas mis pertenencias. Entonces, cuando por fin me sentí liviana, me noté el pulso repicando con fuerza en mi frente y en mis brazos que percibí más largos de lo habitual.

aeropuerto 3

Enseguida llegué a la C, y allí me recibió un enorme panel con más información de la que podía desear y comprobé que mi vuelo seguía mudo. Avancé por el hall. Vi en varias puertas de embarque el barullo de pasajeros enfrascados en la tarea de ordenarse para volar puntuales hacia sus destinos. En el lateral opuesto a las puertas había unas hileras de sillas y delante de ellas un televisor mostraba a Rafa Nadal jugando al tenis contra otro tenista. Me derrumbé en una silla de la segunda fila, respiré hondo y colgué mi mirada sobre los jugadores que también parecían extenuados. Estuve un rato mirando el tenis, y bajando el ritmo de mi cansancio. Conforme me fui relajando me di cuenta de que jugaban sin pelota. ¡Qué raro¡, me asombré todavía un poco aturdida, hasta que reparé que era cosa de mi miopía mal corregida que me escatimaba la bola amarilla que sin duda existía. No importaba, el tenis siempre me relaja, aún sin verlo.

Al rato ya me había serenado y pensé que me aburría. Me levanté un par de veces a consultar el panel de los vuelos que sí salían, el mío andaba ahí en medio de ellos, pero como si lo de volar a Lisboa no fuera con él. Al rato me di cuenta de que donde antes había una C ahora ponía B. Dudé de mí… ¡mecachisssss! ¿de dónde he sacado yo lo de la C? Pero no, había una C, claro que había una C.

Dejé a Rafa allí dando raquetazos al aire y me dirigí a las puertas de embarque de la zona B por esa extensísima y espaciosa terminal. ¡Dios mío! ¿Tantos metros puede haber entre la C y la B? ¡Menos mal que no me han mandado a la Z! Por fin llegué a la B y en un panel vi que seguíamos sin puerta de embarque, y que en su lugar parpadeaba el aviso de “30 minutos de retraso estimado”. Seguí paseando tras mi carrito. No me apetecía sentarme, bastante que me iban a inmovilizar por un par de horas en mi angosto asiento de turista. Tanto derroche de espacio en la terminal y tanta racanería en el avión.

Entre mis idas y venidas me di cuenta de que ya teníamos puerta asignada –B24- y también que habían duplicado el tiempo de demora estimado. Como estaba aburrida de pasear, pero seguía sin querer sentarme, opté por quedarme de pie frente al mostrador de embarque –lejos, como a unos 8 o 10 metros-, apoyada en el manillar metálico del carrito, y desde allí observar los movimientos del personal de la línea aérea. Me quedé absorta viéndoles. No sé bien cuánto tiempo estuve allí de pie. De hecho, el tiempo andaba revuelto. En mi reloj eran casi las 19:00 y en el monitor que había sobre el mostrador de embarque iba cambiando la hora anunciada de forma harto caprichosa: embarque 18:00 – embarque 19:25 – embarque 18:40 – embarque 19:10… Me tenía embelesada esa deliciosa indolencia horaria, ese ir y venir de las previsiones de embarque del futuro al pasado y del pasado al futuro sin nunca pasar por el presente.

¿Y ahora qué más hago?, me pregunté recuperando mi lucidez, ¿me doy otro paseíto? Giré sobre mí misma para ver hacia dónde dirigirme y… ¡¡cáspitas!! Detrás de mí habían acampado –en cuidadosa hilera centroeuropea- entre 15 y 20 personas: niños, adultos y mayores, con sus maletas y sus bolsas con las últimas compras y sus tarjetas de embarque en la mano. Ahí estaban, esperando pacientemente detrás de mí su turno para el embarque. Algunos me miraban, otros charlaban entre ellos, un hombre dirigía la vista al techo…

Tras el susto inicial, me recorrió un calambre de responsabilidad. Y por un momento me alegré de haberme parado ante el mostrador de mi propio vuelo. ¿Cómo si no habría hecho yo para desentenderme de esa cola que había formado en mi descuidado deambular?

 

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6 respuestas a Descuidado deambular

  1. nieves dijo:

    siempre me gustan tus experiencias!!

  2. Roser dijo:

    Me he sentido identificada, experiencia que muchos habremos tenido pero sin ser capaces de relatarla tan bien!!!!!Muy bien ANNA!!

  3. Lia dijo:

    I Lisboa? Que tal?
    Seguro que nos podrias contar algo……

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