La manía de leer

Ya me disculparéis, pues una y otra vez descuido una de las normas básicas de un blog: acompañar los textos con imágenes amables que endulcen y hagan más llevadera la anodina -y echadora para atrás, según mi Community Manager de cabecera- apariencia de mis inacabables churros de letras grises alineadas sobre el fondo blanco de vuestras pantallas.

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El problema es que mi cerebro no detecta la falta de estas impagables amenidades hasta que mi Community me lo advierte, cada vez en un tono más cansino, ya me he percatado de ello…

Veréis, mi problema técnico radica en que mi cerebro sufre una pequeña disfunción que hace que perciba los signos de la escritura no como una barrera gris, sino como una invitación a un mundo en 4D.  Yo veo letras escritas donde sea y ya no respondo, allá que me voy de cabeza. Para mí es normal, siempre ha sido así; desde que tengo memoria que las letras me atraen irremediablemente. Cuando no tengo nada que hacer busco letras a mi alrededor y ya me pueden pasar las horas, como si me hubieran ofrecido un bálsamo relajante.

Por suerte, en nuestro mundo estamos rodeados de letras: en la ducha encuentro los champús “aqua light – champú sin silicona”, “acondicionador”; desde el wc una alcanza a leer las letras grandes de los botes de líquido para lentillas en la repisa del lavabo -he leído más de mil veces aquello de “solución única con antidepósito de proteínas para todo tipo de lentes de contacto blandas”, en español y en portugués-; en la cocina me acompañan paquetes de pasta “selección de trigo, 3′ al punto – 5′ suave”, latas de atún “en aceite vegetal”, el fuet colgado de su gancho “fuet extra, sin conservantes”; miras una bombilla para ver si está fundida y lo primero que ves es “60W”; en el bus te dicen “salga por la puerta trasera”, “solicite la parada con antelación”, “marque su billete aquí”, “la siguiente parada Plaza Catalunya”… ¡un festival!

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Yo creo que reparé en esta disfunción mía una vez que me hallaba en una sala de un pequeño quirófano médico donde hacían intervenciones de estas de estar por casa -en los quirófanos de verdad siempre he entrado ya sedada por la anestesia (!qué inhóspito debió de ser el mundo antes de la anestesia!)-. La enfermera me acompañó hasta la sala y me pidió que esperara al médico sentada en la camilla. Así lo hice -yo es que cuando hay personal médico de por medio soy muy obediente-. La chica se quedó a mis espaldas ordenando instrumental y abriendo paquetes de gasas.

En la espera, empecé a mirar a mi alrededor buscando algo donde posar mis ojos. Las paredes estaban vacías e impolutas, ni un cuadro, ni el consabido póster con el esqueleto y el sistema nervioso dibujado, ni un diploma de nadie… Pero es que ni una placa sobre la puerta que me dijera “Salida”.  Noté que empezaba a inquietarme, me sentía como perdida.

Miré al perchero en la pared donde estaban mi bolso y mi abrigo colgados. Mi mirada se posó sobre mi bolso y sentí nostalgia por los papelitos y resguardos que suelo almacenar en su bolsillo interior. Me estaba adentrando en un extraño estado de ansiedad, extraño por la insospechada razón que lo originaba: necesitaba urgentemente algún texto que tirarme a los ojos, y esta carencia me estaba sumiendo en un desasosiego muy parecido a la que genera cualquier adicción no colmada.

De repente vi que cerca de mí había una enorme botella de oxígeno. Estaba en el suelo, a un par de metros de la camilla donde yo estaba sentada. En su lateral había pegada una etiqueta con lo que supuse debía de ser información técnica sobre el producto. La verdad es que desde donde yo me encontraba me era imposible leer qué ponía en la etiqueta… pero eran letras que formaban palabras y ofrecían una información probablemente valiosa para quien lo pudiera y supiera interpretar. Conformaban una insignificante retahíla de signos difusos, por sí mismos carentes de estética y de cualquier practicidad, y sin embargo con una asombrosa capacidad de trasladar conocimiento.

Me emocioné viendo aquella  etiqueta, aún sin poder leerla.

¿Hay algo en este mundo que contenga mayor magia que los austeros signos de la escritura? Su inofensiva apariencia amaga una belleza sin par: la capacidad de propagar conocimientos,  información, experiencias, sensaciones… Como un virus invisible y tenaz que nos invita a salir de nosotros mismos y dejarnos contagiar con perspectivas ajenas. Como un pasaporte burocrático y formal que te desagravia aniquilando fronteras.

No podemos mirar las letras y asustarnos por su poco agraciada presencia, tenemos que ir más allá y mirar a través de ellas, pues siempre traen algo que puede hacernos compañía.

Sí, ciertamente es un pensamiento magnífico, si yo fuera capaz de contenerlo en este punto de sublimación. Pero enseguida el alma humana se revuelve en su miseria, y como quiera que la distancia entre el reconocimiento y la idolatría es muy inestable, una empieza asombrándose ante la profundidad que atesora la escritura y acaba leyendo como posesa los culos de las tazas de café mientras las enjabona en el fregadero: “Fabrica de loza – Asturias – made in Spain”…

Y como despedida, he aquí otra imagen para felicidad de mi Community…

pera con letras

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