Hilo de silicona

Tomé el 14 en la calle Mandri, pero no me apercibí de su presencia hasta que el autobús no hubo hecho su parada del Hospital Clínic. La verdad es que hasta ese momento el autobús iba muy lleno, y no podría decir si ella estaba desde Mandri o si es que acababa de subir en la parada del Clínic.

Fue allí, en el Hospital Clínic, donde gran parte del pasaje se apeó, y el aire dentro del vehículo quedó lo bastante vacío para que su cháchara desinhibida circulara libremente.

El punto es que desde un momento determinado su voz me llegó con mucha claridad. Era una voz áspera, como de fumadora de años, y tenía un tono de aquellos convencidos, de los que no admiten réplica. Iba con otra señora, sentadas un par de hileras por delante de mí, y en el lado inverso del pasillo.

Ella contaba con decisión y desparpajo a su acompañante sobre el día que acompañó a su hermana al ginecólogo. Al parecer a esta le había correspondido una ginecóloga mujer, cosa que la cohibía hasta la angustia.

“Ya sabes, -decía la mujer a su amiga- para una lesbiana es muy incómodo que te visite una ginecóloga mujer.  Del mismo modo que la mayoría de las mujeres prefieren una ginecóloga, si eres lesbiana siempre prefieres un ginecólogo hombre.”

Es curioso –pensé- cómo a menudo universalizamos y damos por lógicas ideas que quién sabe si los demás darían por lógicas. Nunca se me había ocurrido que la preferencia por un ginecólogo o ginecóloga pudiera depender de tu tendencia sexual. ¿A qué van algunas al ginecólogo?, me pregunté divertida.

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“Pues no señor, me dije, no hay derecho –explicaba ella.- Mi hermana no quería, pero yo entré con ella a la visita y le dije a la doctora que mi hermana lo estaba pasando muy mal sólo de pensar que una mujer la iba a visitar, pues ella es lesbiana y ya sabe… Entonces nos dijo que lo comprendía y que al salir fuéramos al mostrador y pidiéramos el cambio de doctor, que era todo lo que ella podía hacer en estos casos.”

La amiga no hacía más que asentir, de vez en cuando hacía una pregunta corta, una palabra de ánimo, o de corroboración. No sé si no tenía nada que decir, o es que la otra no le dejaba espacio humano para meter baza.

“Y es que además tuve que pedir permiso para entrar de acompañante con mi hermana. ¡Qué barbaridad! Si tú entras con tu marido nadie te pone pega alguna, pero claro, a mi hermana no la acompaña ningún marido, y a mi no me dio la gana de que entrara sola. Así que al salir nos paramos en el mostrador, aunque ella decía que no era necesario, que lo dejáramos estar. Ni hablar, le dije, estás en tu derecho. Yo les dije que queríamos cambiar de doctora, que mi hermana es lesbiana y por eso queríamos un doctor, y que teníamos derecho a ello. Dónde se habrá visto. Nos dieron varios documentos para rellenar. Y que ya nos envían la respuesta por correo. Todo lo acaban mareándote con el papeleo.”

La mujer calló por unos instantes y se hizo un silencio en el autobús. Nadie más hablaba, claro, a esas alturas éramos todos una inmensa oreja, todos pendientes de la curiosa historia ajena. La mujer miraba a la calle a través del cristal. Yo la veía en un perfil desde la espalda. Con su cabellera castaña, su nariz y su barbilla prominentes. Le calculé unos cincuenta. Vestía un pantalón ceñido, azul oscuro, y un jersey de punto también azul oscuro. Llevaba unas botas cortas de piel marrón. El abrigo doblado sobre las piernas. Quién sabe que vio a través de la ventana y que mecanismo interno se le activó para cambiar de tema:

“Durante veinte años tuve un Opel Corsa que me compré de segunda mano. Yo hubiera preferido un coche nuevo, claro, como todo el mundo a esa edad. Pero cualquiera se compraba un coche nuevo para que te durara dos días. Me compré un Corsa azul de segunda mano y nunca nadie me lo tocó, a pesar de que durmió los veinte años en la calle. ¿Y sabes por qué? No lo lavé ni una sola vez en todo ese tiempo. Por dentro sí lo limpiaba, por dentro estaba impoluto. ¡Faltaría! Pero por fuera daba hasta asco. En el trabajo robaron el coche a cuatro o cinco, y a otros tantos se los forzaron. El mío ni una sola vez, nadie lo tocó jamás.

Lo mismo con el móvil… ¿has visto mi móvil? El más cutre de los que puedas encontrar en el mercado. Ya, a mí también me gustaría llevar un móvil de estos tan guapos y que hacen de todo, pero te cuesta un dineral y luego te obliga a estar pendiente de él. En cualquier momento te lo pueden robar o te pueden atracar por culpa del móvil. ¡Ni pensarlo!

¿Y el bolso? Mira, mira. Cinco euros me costó. Cuando está hecho polvo, me compro otro y andando. Nadie se me ha acercado nunca al bolso, yo creo que ni lo ven. Podría dejarlo aquí una noche entera y nadie repararía en él.

Es que si quieres vivir tranquila, es triste, pero lo mejor es no destacar, no tener nada que pueda ser llamativo.

¡Y mira! -Dijo de repente, estábamos en Plaza Universidad, delante de la Central- La llevo colgada de un hilo de silicona.”

Pude ver cómo mostraba a su amiga una medallita de oro que llevaba colgada al cuello. La volvió a guardar rápidamente dentro de su blusa, debajo del jersey de punto. Enseguida se levantó.

“Vamos, vamos. Aquí es donde tenemos que bajar.”

Se puso el abrigo y se cruzó el bolso sobre el costado. Bajaron.

Mientras el bus se puso de nuevo en marcha pude comprobar cuán orgullosa de sí misma iba la mujer, con su bolso trapero, su móvil destartalado, y su medalla escondida colgando de un hilo de plástico blanco.

Hilo de silicona –murmuré para mí, asombrada-, yo que ni sabía que existía el hilo de silicona.

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